Signos de una Ciudad Abandonada

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Guadalajara, como muchas otras ciudades en el mundo, lleva varios años asistiendo a la disolución de los vínculos que dan pulso a la vida colectiva. La voluntad de encierro de sus habitantes se dispersa y se contagia, ya sea en el fraccionamiento distante, en el coto cerrado, en el minúsculo círculo de conocidos definido por la clase social, en el trabajo alienante pero indispensable, en la habitación oscura donde fulguran las pantallas implantadas frente a nuestros ojos.

 La posibilidad de encontrarnos con el otro –que no es el otro habitual de mi círculo— se reduce en la medida en la que el miedo, las aceras rotas y las calles mal iluminadas, la desconfianza, la “inseguridad”, la bestialidad motorizada,  la policía, desincentivan el acto radical de vagar por las calles. Éstas se convierten paulatinamente en cañerías por las que se atasca un pensamiento atrofiado, maraña de aire mugriento y carrocerías movidas velozmente de un semáforo a otro por la inercia de encontrar el siguiente retorno.

 Pero no hay retorno. Es en las calles donde se hace patente la desestimación del otro, la ansiedad por ganar tiempo y espacio. Entre más veloces van nuestros automóviles, entre más reducidas son nuestras banquetas, entre más abandonado está el Centro, entre más espacio ocupan los centros comerciales, queda menos espacio para saber que hay otros cuerpos.

 La segregación de los cuerpos en la Ciudad no es inocente. Proyectar el Apocalipsis social es tarea fundamental de quienes planifican las ciudades modernas, así como de quienes detentan los medios informativos, y de todo aquel (cualquiera de nosotros) que administra celosamente su parcela de miseria. ¿Para qué? Para hacer imposible el juego, la aventura, la sorpresa, la conversación cara a cara, y entonces sólo reproducir una política de intereses particulares disfrazados de instituciones públicas y empresas “socialmente responsables”, carroña que se disputa entre partidos, sindicatos, universidades, televisoras, policías, narcotraficantes, en detrimento de una política de ciudadanos, de cuerpos parlantes, de espacios pensantes, de asociaciones estratégicas, de intereses y significados comunes, de sentidos inquietos, de alianzas inesperadas, de conflictos detonadores, de amores fugaces, de colaboraciones placenteras. Para que las cosas sigan como están.

 El Centro Histórico es uno de los signos más visibles de que Guadalajara es una ciudad abandonada. Los centenares de edificios antiguos de fachadas deterioradas y la soledad vespertina de sus calles en mal estado –que funcionan más como avenidas de alta velocidad que como espacios para la convivencia— dan cuenta del éxodo que ha venido sufriendo. En contraste,  los fraccionamientos cerrados se multiplican en las periferias de la zona metropolitana; la mancha urbana se extiende a manera de cubos uniformes que no permiten ver sus límites.

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Por otra parte –y este es un asunto clave— el Centro Histórico de Guadalajara se encuentra en el umbral de un conjunto de transformaciones urbanísticas que han sido anunciadas con todas las benevolencias del progreso por los sectores políticos y empresariales implicados: la Ciudad Creativa Digital (CCD), «el proyecto de desarrollo audiovisual y de tecnología más importante de América Latina» según anunció la administración anterior del Gobierno Federal—, que supone la implantación en esta área de sedes de industrias de comunicación y tecnología, promoviendo el desarrollo sustentable y la cultura. Los más optimistas dicen que es la oportunidad para recuperar el centro de la ciudad. La pregunta es por qué creemos que sólo las inversiones millonarias pueden llevar a cabo el “rescate”, y a costa de qué: ¿de gentrificar y elitizar el centro?

 La “creatividad” hace a un lado a la Cultura que, entendida como una comunidad y sus saberes, ya no significa nada. Los saberes que una comunidad recrea cada vez que sus miembros se encuentran para dotar sus vidas de sentido, son lentamente desplazados por el ingenio de los emprendedores –y sus maquilas— para producir tecnología, entretenimiento y dinero.

 Para que esto ocurriera en Guadalajara ha hecho falta, por ejemplo, que nos olvidáramos de la antigua sede de la Biblioteca del Estado de Jalisco, situada en un espacio céntrico, en un foco de atracción para gente joven, el núcleo Agua Azul, donde también se instala los sábados el Tianguis Cultural. Ahí se podía potenciar un espacio físico donde la gente confluye de forma natural, como un espacio de cultura. Animar el encuentro entre el flujo urbano y los saberes que se encuentran entre los muros de la biblioteca. Todo estaba dispuesto. Preferimos la aberración. En lugar de aprovechar ese espacio estratégico, pero también de instalar, equipar y animar las bibliotecas de barrio como centros de organización colectiva, la administración pública ignorante, corrupta y depredadora prefiere invertir en un complejo macro-”cultural” de difícil acceso que no servirá más que como estadística. Lo mismo se puede decir de la Feria Internacional del Libro, la más importante en lengua castellana, en un Estado en donde la lectura y la educación van en picada. Compramos los elefantes blancos que nos venden como progreso y cultura. Y callamos.

 Aceptamos en silencio el derrumbamiento de la Ciudad. Porque ha dejado de importarnos la Cultura como comunidad y sus saberes, apelando si acaso a que la cultura funcione como marca, como eslogan. Como vacío. Ha dejado de tener importancia que las calles del centro se asfalten como carreteras mientras quedan abiertas las alcantarillas de las aceras. Que los pequeños mercados y los oficios se mueran. ¿Por qué habría de importarnos que se marchite el medio de comunicación más importante con el que cuenta la ciudad: el centro y sus plazas? Para que  tomemos las riendas de nuestras vidas es necesario que los cuerpos se encuentren frente a frente. Cuerpos desgastados, miradas perdidas que requieren que en la calle aparezca un otro diferente, aunque con los mismos problemas. Una mirada que sostenga a otra.

 Los movimientos surgidos en la víspera electoral del año pasado, por tratarse de un momento coyuntural, nos dejaron una gran lección. Algunos interpretan ese momento como derrota y otros lo hacen con triunfalismo. Lo cierto es –y esto difícilmente podrá saberlo el opinólogo de sobremesa, de periódico o de cubículo de universidad que no estuvo ahí— que nos enteramos de que había otros tan encabronados como nosotros, incluso detrás de las pantallas. Entendimos que para que emerja una organización colectiva distinta necesitamos nombrar y señalar nuestra rabia. Pero sobre todo necesitamos hacerlo hombro a hombro, en la calle, dejando que nuestra carne desnuda se reconciliara con la piedra.

 Ante el encuentro descarnado de los cuerpos, el barullo mediático invade una vez más la ciudad y el ciberespacio, pero sobre todo nuestras conversaciones y la soledad de nuestras alcobas mediante la retórica de la imposibilidad, machacándonos con la idea de que las marchas y la rabia organizada no ha servido ni servirá. A fin de cuentas la imposición se llevó a cabo. Para qué volver a tomar la calle. Intentarán convencernos a través de nuestra propia boca, de que no ha servido de  nada sentir el coraje del otro, su miedo, escuchar sus argumentos. Intentaremos convencernos de volver a casa, cerrar la puerta, entretenernos con las siete temporadas de la serie. De que tengamos por cierto que, aun con todas las evidencias, no hay forma de impedir que los grandes grupos de poder de este país (partidos, televisoras, organizaciones criminales, etc.) ocupen los sitios que se han propuesto.

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Cuando nos escuchemos a nosotros mismos decir que no hay manera, esos poderes habrán consumado su victoria. Pero sobre todo cuando nos hayamos convencido de que salir a la calle es un peligro, cuando hayamos abandonado definitivamente la Ciudad.  Estaremos dejando más tiempo y espacio para que nuestras calles, plazas y parques se conviertan en abrevaderos no solamente de coches y de publicidad basura, sino de policías, de cámaras y de militares, para quienes no hay mayor peligro que un grupo de adolescentes que anda deambulando por el centro a altas horas de la noche. Entonces se cumple su augurio: salir a la calle es peligroso.

 Reorganizar fuerzas y pensamientos no es tarea que pueda esperar a las próximas elecciones, cuando la rabia que nos provoca la política de partidos vuelva a converger. La Ciudad caerá si no rompemos nuestros cercos mediante pequeños movimientos estratégicos de aproximación, comunicando el descontento, fabricando el espacio, recuperando la palabra, deambulando la calle, conectando los cuerpos, erigiendo la vida urbana como política afectiva, erótica, en aras de hacer nuestras vidas realmente habitables.

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Venga, dilo...

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