Del salario para el trabajo doméstico al paro del #8M

Hace un año agrupaciones feministas de diversas partes del mundo hacían eco del llamado realizado por las compañeras argentinas a parar el 8 de marzo, día internacional de las mujeres. Un llamado a hacer huelga de las labores que históricamente nos han sido exigidas a las mujeres como si estuvieran adheridas a nuestra naturaleza: la reproducción y los cuidados de las demás personas: parir, criar, alimentar, limpiar y curar los cuerpos y los espacios que estos habitan; brindar apoyo emocional permanente, ser receptáculos de la descarga sexual de los cuerpos masculinos y también de la violencia de sus propias disputas, dominaciones y guerras.

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Este análisis y las reivindicaciones que de él se desprenden no son nuevas, por supuesto. La historiadora y filósofa Silvia Federici nos explica en su libro Revolución en punto cero que ya en los años setentas del siglo pasado el movimiento feminista autónomo de Italia enarbolaba la consigna de “salario para el trabajo doméstico”, para evidenciar que eso que las mujeres llamamos “nuestra feminidad” es en realidad todo trabajo. Trabajo mayoritariamente no remunerado. Reclamar el salario para el trabajo doméstico significaba entonces –sigue Federici– “hacer visible que nuestras mentes, nuestros cuerpos y nuestras emociones, han sido, todos ellos, distorsionados en beneficio de una función específica; cocinar, sonreir y follar”. Función que se espera que hagamos por amor, de forma abnegada y sin pago, cuyo efecto es en realidad la servidumbre perpetua al mundo masculino, lo que explica por qué para los hombres suele ser degradante la feminización hasta en el lenguaje.

Este año vuelve el llamado internacional a parar el 8 de marzo porque el trabajo permanente de cuidados que realizamos las mujeres sigue siendo obligado y desvalorizado, a fuerza de la vulneración de nuestros cuerpos en los espacios públicos y privados. También porque cada día se hace más visible que son mujeres quienes sustentan los movimientos por la defensa de los territorios y de los bienes comunes, y que ahora nos llaman a la organización en el campo y la ciudad, como Marichuy Patricio Martínez, vocera del Concejo Indígena de Gobierno. Como las compañeras zapatistas que este año hacen sinergia histórica y convocan en Chiapas al Encuentro de Mujeres que luchan. La fuerza colectiva de las mujeres crece, se hace pública, y desafía no solo las violencias sexistas cotidianas, sino el racismo y el despojo de aquello que hace posible la vida. En Argentina y España el llamado a parar el 8 de marzo está yendo más allá de las agrupaciones feministas y se están sumando las mujeres obreras respaldadas por sus sindicatos.

En Guadalajara, el paro del 8 de marzo del año pasado supuso para nosotras un rico aprendizaje de organización colectiva; de poner en común nuestra posición en este sistema capitalista y patriarcal de muerte y reflexionar sobre lo que significa nuestro trabajo. Por ello consideramos imprescindible seguir por este camino y volver a parar. Los miércoles nos estamos reuniendo en asamblea colectivas, universitarias, trabajadoras, a las 6pm en Cuerpos parlantes para organizar las acciones del próximo 8 de marzo en la ciudad.  Compañera, te esperamos.


Texto publicado originalmente en revista Número Cero

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